Era una cruz poco especial, como esas que le regalan a todas las niñas católicas (que en México son casi todas las niñas) el día de su primera comunión. La primera comunión es un rito extraño. No sé mucho de esa liturgia, pero entiendo que el sacramento de la comunión tiene importancia como un rito recurrente, periódico que mantiene al alma cerca del “cuerpo de Cristo”. Sin embargo, suele hacerse una gran fiesta, a veces casi de la dimensión de una boda o algo parecido. Claro, se entiende la celebración como un rito de paso, ¿pero un paso de qué a qué?
Por un lado, la primera comunión en el siglo XXI marca un hito iniciado con la alfabetización. Los niños y niña aprendieron a leer y por lo tanto tuvieron edad para asistir a clases de catecismo en las que se leen versiones digeridas de textos bíblicos y se enteran con un poco más de información sobre lo que significa ser católico. Por otro lado no hay un tránsito real, ¿o sí? Los niños no dejan de ser niños por comulgar, ni aunque lo hagan todos los domingos. No se les da un lugar diferente en la jerarquía familiar, no se les adscriben nuevas responsabilidades ni nuevos privilegios. Por lo tanto, como rito de paso es bastante fútil.
Mi madre incluso decía que de niña y joven fue tantas veces a misa, que ya le alcanzaban para cumplir su cuota por el resto de su vida. Su cuota, tal vez. Pero no la cuota necesaria para educar una familia católica. En consecuencia, no me educaron en la religión católica ni en ninguna otra, pero me bautizaron, me confirmaron (a la usanza mexicana justo después del bautizo) y me preguntaron si quería hacer mi primera comunión. ¿Y cómo no? ¿Qué niña de 9 años no quiere pasar la tarde del miércoles con sus amiguitas de la escuela en el catecismo? ¿Qué niña de 9 años dice que no a una fiesta en la que la van a llenar de regalos? ¡Claro que quise!
Fui al catecismo varios meses (ni idea cuántos). Como mi mamá y yo opinábamos que eran ridículos los vestidos de primera comunión que parecían vestidos de boda, usé un precioso vestidito corto de raso al que había hecho mi abuela (que acababa de morir).
La cruz de oro que me regaló mi otra abuela no era tan simple como la de Sofía. La mía tiene tres cruces pegadas… pero está en una cajita desde el día de mi primera comunión y nunca me ha colgado del cuello.